Un pulso personal con la familia Bush


P. Rodríguez

Sadam Husein no ha sido solamente un problema central y recurrente en la vida política de los dos Bush -padre e hijo- que han tenido el privilegio de ocupar el despacho oval. El prolongado antagonismo entre la primera familia del Partido Republicano de Estados Unidos y el clan suní encabezado por el brutal dictador de Irak ha sido también un pulso intensamente personal, hasta el punto de haber incluido mutuos intentos de asesinato y toda una superlativa retórica de mala sangre acompañada por dos guerras sucesivas.

La saga que empezó en 1990 con la veraniega invasión de Kuwait, y que ha concluido con el ahorcamiento en Bagdad del depuesto tirano, además de monopolizar el paso de los Bush por la Casa Blanca, ha tenido una dimensión que no tiene mucho que ver con despegadas responsabilidades de gobierno. Tal y como quedó demostrado en abril de 1993, cuando ya derrotado por Bill Clinton, Bush padre visitó el liberado emirato kuwaití entre grandes festejos, acompañado por su esposa Bárbara, su hijo Neil y la actual primera dama, Laura.

Una semana después de que los agasajados Bush volvieran a Texas, las autoridades de Kuwait descubrieron que Sadam Husein había tramado su propia bienvenida vengativa, reclutando a un grupo de criminales para hacer estallar una letal carga de ochenta kilogramos de explosivo plástico durante la visita de la distinguida comitiva estadounidense. Aunque la trama no logró alcanzar su objetivo, el presidente Bill Clinton citó este intento de atentado para lanzar en junio de 1993 una salva de 23 misiles Tomahawk contra el cuartel general de los servicios de inteligencia iraquíes en Bagdad.

George W. Bush: "Después de todo, éste es el tipo [Sadam Hussein] que intentó matar a mi padre".
George W. Bush: "Después de todo, éste es el tipo [Sadam Hussein] que intentó matar a mi padre". AP

«Intentó matar a mi padre»

Convertido en presidente, Bush hijo pronunció en septiembre del 2002 un comentado discurso en Houston, Texas, afirmando que el derrocamiento de Sadam Husein era una responsabilidad especial de Estados Unidos, con el argumento de que «otros países se enfrentan al mismo riesgo pero no hay duda de que el odio del dictador iraquí se dirige especialmente a nosotros. Después de todo, éste es el tipo que intentó matar a mi padre». Referencia personal que abrió las puertas a toda clase de reproches y caricaturas sobre como el pulso sobre armas de destrucción masiva en Irak estaba degenerando en una especie de obsesión familiar con tintes dinásticos.

Justo en el último momento antes de la invasión en marzo del 2003, la Casa Blanca tuvo ocasión de ajustar cuentas al recibir informaciones logradas por la CIA sobre el paradero del peripatético Sadam Husein en dos posibles lugares Bagdad. Tras una larga reunión, George W. Bush autorizó personalmente un ataque especial con cuarenta misiles disparados desde unidades de la «Navy», rematado con bombas «anti-bunker» lanzadas por dos aviones F-117A.

Aunque fallase la oportunidad de decapitar al régimen durante la noche del 19 de marzo de 2003, la Casa Blanca tuvo que enfrentarse a cuestiones sobre el supuesto incumplimiento de la legislación de Estados Unidos que prohíbe participar en intentos de asesinatos de líderes extranjeros. Según las explicaciones ofrecidas para justificar la decisión de George W. Bush, aquel ataque con un objetivo individual estaba justificado porque en tiempos de guerra resulta perfectamente legítimo hacer lo posible por eliminar al comandante en jefe del enemigo.

Dentro de este historial personalizado tampoco han faltado insultos y acusaciones de toda clase. Junto a los floreados epítetos en árabe emitidos por Sadam Husein, tanto Bush padre como Bush no han dudado en comparar a su enemigo con el mismísimo Adolf Hitler, retórica superlativa que les ha valido grandes críticas. En noviembre de 2002, durante una cumbre de la OTAN en Praga, el actual presidente Bush no dudaba en llegar a comparar las dudas europeas sobre el uso de la fuerza en Irak con el apaciguamiento intentado con los nazis para evitar la Segunda Guerra Mundial.

La victoria que fue derrota

En esta dinámica, posiblemente nadie se alegró más que Sadam Husein -al que se le atribuye «El Padrino» como película favorita- cuando Bush padre perdió su reelección pese a haber alcanzado extraordinarias cuotas de popularidad del noventa por ciento tras la «Tormenta del Desierto». Derrota que dio a pie a numerosos análisis sobre la tremenda ironía de que el dictador iraquí siguiera controlando férreamente en su puesto, mientras que el electorado de Estados Unidos optaba por jubilar a su principal enemigo.

El tópico de que la venganza es un plato que se sirve mejor en frío fue confirmado en enero del 2004, tras la publicación de un indiscreto libro por parte del dimitido secretario del Tesoro Paul O´Neill. En aquella ocasión, George W. Bush reconoció por primera vez durante una conferencia de Prensa en México que desde su desembarco en la Casa Blanca estuvo empeñado en lograr un punto y final para Sadam Husein. Obsesión que finalmente pudo materializarse tras el 11-S, pero que empezó a manifestarse desde la primerísima reunión de Bush hijo con su equipo de seguridad nacional.

La detención el 13 de diciembre de 2003 del fugitivo dictador en un zulo a las afueras de Tikrit, tras la muerte a tiros de sus dos hijos en Mosul, ha resultado ser el principio del final para un pulso legendario, completado por dos guerras, y en el que el dictador Sadam Husein no ha reído el último.