Estás en: Una nueva infanta en la Casa Real > Anecdotario Histórico

Anecdotario histórico

El ayer y el hoy de los nacimientos reales

El segundo embarazo de la Princesa Letizia ha tocado a su fin. Antes que ella, otras antecesoras pasaron por este trance. Y no siempre fue fácil. La periodista Beatriz Cortázar, autora del libro Un año de amor. La monarquía que viene, rememora los alumbramientos reales que más dieron que hablar.

 

 

 

Si hay algo de lo que las mujeres se han beneficiado en los últimos siglos, es del avance médico en el momento de dar a luz. La historia de los partos de las mujeres es también la de la evolución de la ciencia y de la medicina. Pero si echamos un vistazo a los alumbramientos reales que se han producido en España, veremos que es mucho más que eso: es una cantidad innumerable de abortos, malformaciones, errores médicos y sangrías humanas que acabaron con la vida de muchas princesas parturientas y de sus recién nacidos.

 

Anecdotario

Esta imagen de la Reina Maria Cristina con el heredero Alfonso XIII y sus otras dos hijas a la hora de la merienda es una de las primeras instantáneas de una soberana con su prole. (D.R.)

 

Para explicar tanto fracaso a la hora de esos alumbramientos, que pocas veces llegaban a buen término, existen varios factores. El fundamental es la relación de consanguinidad que solían tener los contrayentes. Hasta hace bien poco, en función de los intereses de Estado, las bodas de los futuros reyes se programaban con princesas casaderas cuya edad no siempre era la adecuada y cuyo parentesco familar exigía, en muchos casos, una dispensa papal que permitiera la unión entre primos, tíos o sobrinas. Así ocurrió con Felipe II y su prima María Manuela de Portugal, o con Fernando VII y su segunda esposa, su sobrina Isabel de Braganza. Con el tiempo se vio que la utilidad de esos enlaces para lograr alianzas o evitar guerras terminó siendo nefasto para la descendencia.

 

Igual que esas uniones hoy resultan impensables, también lo son las bodas en las que los novios se veían por primera vez cuando ya estaban casados por poderes y cuando su primer contacto era, directamente, en el tálamo nupcial, con la obligación de proporcionar un heredero a la Corona lo más rápidamente posible. En estos casos, eran normalmente los reyes los que, con el asesoramiento de sus ministros y las autoridades eclesiásticas, elegían a la princesa con la que se iba a desposar el heredero. Para la elección se manejaban desde los retratos oficiales hasta minuciosas cartas descriptivas sobre las condiciones y los atractivos de la elegida. Pero éstas solían estar infladas y rara vez tenían que ver con la realidad. Fernando VI, príncipe de Asturias en 1724, al que se le organizó su boda con María Bárbara de Braganza, quedó aturdido al ver lo poco agraciada que era su esposa. Tanto que el padre de la novia llegó a decir: «Siento que haya de salir de mi reino cosa tan fea».


La historia nos ha mostrado también cómo los deseos de los monarcas no siempre se han cumplido. En el azar de casarse con alguien a quien jamás se ha conocido ha pasado de todo. Los hubo que se enamoraron a primera vista, como Juana la Loca y Felipe de Habsburgo, que en 1496 adelantaron cuatro días su boda con el único fin de saciar su pasión sexual, o Carlos I e Isabel de Portugal, que se casaron en 1526 en el Alcázar de Sevilla en función de unos pactos de Estado y entre los que hubo mucho más que una `alianza estratégica´. Pero también los hubo que se ignoraron, e incluso se odiaron, nada más mirarse a los ojos, como Fernando VII y la primera de sus cuatro esposas, su prima hermana María Antonia de las Dos Sicilias. Su boda, celebrada en Barcelona el 4 de octubre de 1802 y que no aportó descendencia a la Corona, fue la última de un príncipe de Asturias en suelo español hasta la de Felipe de Borbón y Letizia Ortiz.

 

Isabel la Católica: un velo para salvaguardar su dignidad.
Una costumbre de la Corte española, que se remontaba a la época de don Pedro el Cruel (1334-1369), era la de que los partos de las reinas se realizasen en presencia de testigos que diesen fe de que los bebés eran realmente fruto de su vientre. Como reina de Castilla, Isabel la Católica tuvo que someterse a esta tradición. Así, cada vez que la soberana castellana traía al mundo a uno de sus hijos, que nacieron en Dueñas (Palencia), Sevilla, Toledo, Córdoba y Alcalá de Henares (Madrid), un grupo de testigos tenía que reunirse para presenciar el parto y certificar que por las venas del infante corría sangre real. Isabel la Católica era una mujer de gran dignidad, incluso a la hora de dar a luz. Por eso, cuando le llegaba la hora, pedía a sus doncellas que le colocasen un velo sobre su rostro para evitar que nadie viera sus gestos de dolor.


Juana la Loca: alumbró a un rey en una letrina.
Pese a la locura de amor que padeció por su marido Felipe de Habsburgo el Hermoso y que terminó minando su salud mental, la reina Juana fue muy fecunda. Hasta el punto de que el alumbramiento de uno de sus hijos, el del infante Carlos (quien luego se convertiría en Carlos I de España y V de Alemania), se produjo en la letrina del palacio de Gante, donde la reina disfrutaba de una animada cena con todos los festejos propios de la época. Al final del banquete, la soberana castellana comenzó a sentirse mal, pero pensó que su estado se debía a un empacho, sin saber que era el bebé quien avisaba de que estaba en camino. De ahí que el niño llegara al mundo en tan inapropiado lugar.

María Manuela de Portugal: de la sangría a la infección.
La esposa de Felipe II es el claro ejemplo de los destrozos que los médicos de la época provocaban a muchas de las parturientas. Los galenos de la Corte, en su afán por demostrar sus conocimientos, se aplicaban en la realización de sangrías y purgas que únicamente servían para minar la frágil salud de las enfermas. La reina Manuela tuvo un mal embarazo, un peor parto y un final trágico, puesto que falleció a los pocos días de nacer su pequeño sin que los médicos supieran a ciencia cierta el motivo de la defunción. Unos lo achacaron al zumo de un limón y otros, a la infección que las matronas le produjeron durante el parto. Esta teoría, desde luego, es la más creíble de todas.

Isabel de Borbón: una hija frágil frente a 30 bastardos.
El caso de la reina Isabel demuestra lo poco que ayudan los lazos familiares entre los esposos a la hora de tener hijos. De los siete vástagos que tuvo con Felipe IV, sólo uno sobrevivió: la infanta María Teresa. Frente a este escaso bagaje, sorprenden los más de 30 hijos bastardos que, según se comenta, el monarca tuvo con distintas mujeres. De éstos, Felipe IV sólo reconoció al hijo de la actriz María Calderón, al que dio sus apellidos llamándolo Juan José de Austria. No dejaba de ser una angustia para la reina enterrar a sus bebés mientras en otros hogares salían adelante robustos niños del mismo padre.

María Luisa de Parma: los primeros gemelos reales.
Después de cuatro abortos y seis partos, la esposa de Carlos IV fue la primera reina española que dio a luz a gemelos. El alumbramiento se produjo en La Granja de San Ildelfonso y fue tal el interés que despertaron los infantes reales que los colocaron en la misma cuna para exponerlos ante la gente. La precaria medicina de la época no pudo salvar ni a Carlos Francisco ni a Felipe Francisco de Paula, que fallecieron a los pocos meses. De haber sobrevivido, el primero en nacer hubiera sido el heredero.

Isabel de Braganza: un error, dos muertes.
El de la segunda esposa de Fernando VII ha sido el parto real más estremecedor de la historia. Débil de salud en el embarazo, la reina sufrió una crisis muy fuerte por la que perdió el conocimiento. Los médicos creyeron que había fallecido y como se encontraba en avanzado estado de gestación decidieron practicarle una cesárea post mórtem para salvar al bebé. Los gritos que dio la soberana al sentir cómo la abrían dejaron estupefactos a los médicos. La carnicería, sin anestesia, mató a la soberana. Y tampoco se pudo salvar al hijo que llevaba en sus entrañas.

subir

Una nueva infanta en la Casa Real - Redacción